APRENDIENDO A PENSAR EN HISTORIA MODERNA
Siempre me ha parecido una obra impresionante. Por el notabilísimo estudio de la anatomía masculina. Pero especialmente por la la idea que transmite: el ser humano se define esencialmente por la acción misma del pensar. En nuestro sistema educativo hay pocos momentos para pensar. Y este tendría que ser una de las grandes metas de nuestra educación: pensar y aprender a pensar. ¿Se puede conseguir? Pregunta retórica. Se aprende a pensar pensando, evidentemente.
En primer lugar, hay una exigencia básica: crear el clima. Y ello pasa por el silencio. El silencio en el aula facilita la concentración. Tengo un curso de insoportables impertinentes. En consecuencia, sus dificultades para el aprendizaje son cuantiosas, tantas que suspender es una costumbre para la inmensa mayoría.
Muchos profesores se conforman con decir: "Que buenecicos son; qué bien se portan". Se trata, muchas veces ( no todas ) de la mismísima apatía, del sopor que invade cuerpos casi inertes. Cuando hablo de silencio me refiero a concentración en la tarea de elaborar el pensamiento.
Vayamos al grano. Hace unos días he iniciado los temas correspondientes al mundo moderno en Secundaria. Estos temas forman parte del cirrículo de 2º curso. He empezado con un recurso muy clásico: el cuadro de Hans Holbein, Los dos embajadores, una obra que el alemán pintó en Inglaterra en 1533. El cuadro ha sido tenido como el exponente máximo de esa modernidad europea. Pero, en un cuadro tan enigmático, que echa mano de recursos estilísticos tan complejos como ocultos bajo las apariencias, no basta con ver. Es necesario investigar. E investigar, incluso, significa haber analizado, cosa que no siempre se hace, los estilos artísticos medievales. De lo contrario, no se puede percibir el camino recorrido por el cambio y los mecanismos nuevos que son fruto de la nueva escala de valores que el Renacimietno va consolidando a lo largo y ancho de Europa.
La fase de investigación del alumno es importante. No sólo consolida su capacidad de acción autónoma, sino que debe impulsarle a superar el valor de las apariencias con el objeto de descubrir los códigos de expresión presentes en un cuadro de tamaña complejidad.
He desarrollado esta experiencia y el resultado es bastante positivo. Por otra parte hay otra cuestión que no conviene descuidar. Ya que estamos inmersos, y nuestros alumnos más, en una cultura de la imagen. Una cultura donde la imagen lo es todo, lo expresa todo y lo confunde todo, es preciso hacer ver a nuestros alumnos que del pasado también hay imágenes. No hay tele, ni cine ni fotos, pero sí otras imágenes como las que proceden de la pintura. Y son muy valiosas. A los profesores esto nos parece una obviedad. No lo es tanto para nuestros alumnos.
Otro día habrá que volver sobre el texto. El texto es importantísimo porque muchos de nuestros estudiantes no leen prácticamente nada, y sus modelos son ágrafos. En todo caso, tenemos que seguir en la brecha e impulsar el pensamiento en el aula. Eso de conformarse con el libro de texto y sus ejercicios para idiotas no funciona y nos reduce a máquinas que se sientan tras una mesa y mandan tareas sin más. El profesor estático, dependiente del libro de texto, incapaz de estimular el pensamiento de sus estudiantes, empeñado en hacer hasta la última tarea de cada tema tal como plantea el libro de texto es realmente un cáncer en una profesión que necesitar resurgir. Pero este resurgimiento pasa por estimular el razonamiento de nuestros estudiantes.